redactorjosé lópez



martes, 13 de abril de 2010

Una barra futbolera

Comparto este recuerdo de algunos personajes conocidos de nuestra ciudad, mezclando uno de mis dibujos con los de "Tata" Hasselman, un amigo que ya no está junto a nosotros.
"Pele" Argüello, el de la camiseta de Colón, fue un "sabalero" acérrimo que cuando su equipo ganaba hacía un poco de ruido con algún cacharro y un palo, haciendome sentir de buena onda mi razón "Tatengue". "Carlucho" Yennerich, uno de sus amigos en el cielo, tuvo un buen pasado futbolero, registrando su paso de "duro central" en las dos casacas norteñas, Juventud y Sportivo. "Pómulo" Sotelo también correteó brevemente con los rojinegros del Monumental, una tradición familiar, pero su labor más destacada tiene que ver con su destreza como asador y cocinero, que no es poca cosa. El "Colo" Ceballos, si la memoria no me falla, escribió sus buenas páginas con la redonda en San Lorenzo y Juventud en las posiciones de ataque. "Pepe" Sólito ha tenido pasajes muy notorios por la dirigencia de Unión de Santa Fe y Sportivo en el ámbito local, y es muy conocido en nuestra ciudad por su titularidad veterana como empresario del transporte de pasajeros con el famoso NECE.

Elevo este homenaje al dibujante aludido, el "Tata", y a los muchachos del "rejunte", producto humano de ese potaje fenomenal que significa una amistad de barrio bien entendida. Que vaya para ellos, los que ya no están y los que aún llevan cuerda en el carretel, mi sentimiento sincero.

Pobre pibe

Esto que te cuento no es una historia inventada, ni es sacada de una villa congestionada de tristeza. Sucedió en una ciudad respetable, si las hay, y muestra otro tipo de miseria, que lamentablemente tiene que ver con las cosas del deporte que aquí nos reúnen de buena gana.


"Ponete en situación hermano, entra a la cancha conmigo, no al campo de juego, sino del lado de mirar, para lo que quedamos los patadura, y bueno, por ahí viene el tema. No creas que es para que te pongas mal che, es apenas para reflexionar con vos, que te gusta el “fulbo” desde siempre. Yo sé que hay que ganar y esas cosas, la competitividad es eso pero, con los chicos no, pará un poco, escuchame dos segundos, ¿me copiás?

Jugaban los pibitos de octava, en pleno desarrollo de sus conocimientos, imagino que van para aprender pero, fijate la extrema idiotez que a veces se mueve detrás de la escena. Ubicá en tu “zabiola” la tribuna cargadita con padres, seguramente algunos abuelos y demás lazos consanguíneos posibles, qué se yo. Después los purretes con sus camisetas florecidas de orgullo, vaya a saber con qué fantasías en su cabecita. Pelota, árbitro, todo en orden, comienza el encuentro y el show que se desató en un momento equis, fue un desatino, un tiro al corazón de cualquier ser pensante. Por la torpeza propia de los bajitos a esa edad, que nadie podría juzgar mala intención, sucedió una patada que derribó a su adversario y esto desató una ola de puteadas desde personas mayores que no contemplaron que allí jugaban niños, recién en el inicio de su inserción deportiva. ¡Hijo de p…! mal p…..”, ¡negro de m…! todo un repertorio que no merece calificativos sino el más firme repudio.

Ese día me fui del estadio con un dolor en el alma, era un club de mi pueblo, entre aquellos que vociferaban había distintos exponentes sociales que no quiero recordar por temor a una ofensa. Saqué el rollo de mi cámara y lo abrí velándolo, para que las fotos que había registrado esa tarde no me recordaran aquél episodio como tantos que suceden en todas partes.

Pensé un poco en el afán desmedido de muchos que secretamente desean tener un “Diego”, un Messi, un “Agüero”, un “Ñiño Torres” en la familia, no por sus rasgos personales, sino por la fama y el dinero.
Suelo enfocar estos entuertos desde una óptica exageradamente fatalista, lo asumo, no me da para más, si hasta veo a los viejos, que no son todos, manipulando a los chiquitos como si fueran muñecos de metegol.
Seguro que hay gente desencantada con su “status” social, con sus trabajos y malarias conexas, y de ahí como en una lotería, apuesta donde supone puede encontrar la salvación económica, utilizando a su hijo como un posible billete ganador. Quisiera saber, y termino, qué ha sido de tantos sueños que no fueron, y si a los mismos niños los siguieron abrazando “con aquél cariño del encantamiento”, cuando chocaron con la desilusión que consideran un fracaso.
Me entendés che, por qué le digo pobre pibe..."(Por José López)

"Con tinta de diario"

Graciana Petrone es una periodista rosarina que casualmente encontró nuestra página y en ese mismo momento sintió que era el lugar donde quería volcar uno de sus trabajos. Esta es la historia de un club de barrio nacido en la forma que suelen darse los amores increíbles, y nuestra amiga lo cuenta con el mejor de los sentimientos, como si ella hubiera inventado aquellos viejos episodios. (José López)

Con sabor a barrio, tinta de diario, deporte y pasión, ese azaroso capricho del destino. Un grupo de chicos entre 10 y 14 años, a fines de la década del 20, en el siglo pasado, erigieron los pilares del club Atlético Temperley de Rosario, una institución casi centenaria que cuenta con orgullo su historia.

Corría 1927 y la vieja esquina de Cerrito y Ayacucho era el reducto obligado que convocaba a casi todos los chicos del barrio República de la Sexta a pasar horas interminables. El sol en las primaveras de los años 20 que nunca dejaba de caer, las siestas sin fin, las calles anchas confundiéndose con las veredas, los álamos acampanados que protegían sus juegos y el único deseo de patear la pelota, impulsaron a un grupo de jovencitos a organizar un club de fútbol. Una pequeña habitación rentada, tal vez en base al dinero que recaudaron como lustrabotas, con sorteos y rifas, fue la primera sede del club. Pero lo que tal vez nunca imaginaron esos muchachitos de pantalones cortos a principios del siglo pasado, era que sus abetunados sueños, utopías y balones de trapo, serían los ejes de la que hoy es una institución casi centenaria, con más de 1300 socios y dedicada con fervor al desarrollo del básquet local.




Juan Esteban Milicich, Rafael Burgos, José Castelli, Ernesto, Alfredo y Alberto Morosano, eran un grupo de niños que se reunían en la esquina de Cerrito y Ayacucho a jugar al fútbol o “patear la pelota”, según relatan algunos ex dirigentes del club, quienes también conocieron a muchos de sus fundadores. “Esos chicos eligieron la calle Cerrito porque por Ayacucho pasaba el tranvía y en consecuencia, tenían más espacio para practicar el deporte que todos los chicos quieren jugar”, cuentan, mientras sus miradas permanecen distantes, como quien pretende rescatar una imagen guardada en algún rincón de la memoria.

Sin titubear, uno de los ex dirigentes del club asiente con un gesto elocuente cuando el periodista le dice que el fervor que despierta el fútbol no cambió desde sus orígenes en Inglaterra allá por la Revolución Industrial, en el corazón de las Publics Schools. Que incluso su posterior expansión por el mundo, la popularidad adquirida y su consecuente socialización, reglamentación y la construcción de organizaciones y federaciones de ese deporte, por el contrario, colocaron al fútbol en un lugar de privilegio en el orden de las todas las sociedades mundiales.

Un nombre con tinta de diario, fútbol y pasión


Una tarde sentados en la esquina, después de jugar un picadito, los chicos comentaron entre ellos lo bueno que sería armar un club de fútbol con camisetas y todo. Pero esa misma tarde aconteció un hecho fortuito, quizás una mano divinamente invisible que marcó la emotiva y particular historia del club del barrio República de la Sexta.

Así fue que de regreso a sus casas, un espeso viento estival le enredó a Alfredo Morosano una vieja hoja de diario en sus tobillos. La tomó entre sus pequeñas manos y al ver los titulares de las noticias leyó que una fuerte tormenta había azotado la localidad bonaerense de “Temperley”. Juan Esteban Milicich, quien acompañaba Alfredo Morosano aquella tarde de verano, expresó en el libro de los 50 años del club que “ese azaroso capricho del destino” quiso que Alfredo tomara la hoja del periódico entre sus manos y, lejos de apartarla para continuar el surcado trayecto desde la ancha calle Cerrito hasta su casa, “leyera las noticias”. De aquel particular hecho surgió el nombre que actualmente lleva la institución.



Poco a poco el sueño del pibe se hacía realidad. Algunas chirolas que guardaban, la ayuda de sus padres y una motivación apasionada e inalienable, permitieron a los chicos comenzar un escalonado camino ascendente que, con el paso de los años, se convertiría en el Club Atlético Temperley. Al poco tiempo, el 21 de septiembre de 1927, alquilaron una pieza en Cerrito 347 que fue la primera sede del Club. Allí pusieron en funcionamiento un buffet, el que se convirtió en la visita impostergada de los parroquianos del lugar. Vermouth, grapas, ginebras, rifas, tute cabrero y mus, colaboraron para que los muchachitos juntaran algo más de dinero.



El corralón de Ayacucho 2167 y un rumbo inesperado

De pronto, los pibes abrazaron un día una de sus ilusiones más preciadas. Con el dinero que obtuvieron del funcionamiento del buffet y las rifas, compraron camisetas, pelotas y participaron de una liga de fútbol amateur. El algodón de piqué a cuadros negros y blancos, similar a la bandera de largada de las competencias automovilísticas, sellaron los colores del “Negro” para siempre.

Como no tenían cancha para disputar los partidos, utilizaban el predio de la Canchita de la Fe, por aquel entonces situada en Bv. 27 de febrero y Necochea, en sus condiciones de locales. También en la cancha de Pleamar, ubicada en las inmediaciones del predio donde hoy se encuentra el Colegio del Rosario.

A medida que el tiempo pasaba, más niños querían participar de la liga y jugar al fútbol. De este modo, fue necesario fijar una cuota societaria para comprar camisetas, costear traslados, meriendas y organizaron rifas para generar dinero. Una vez reunidos los fondos suficientes, en 1950, alquilaron y posteriormente, compraron el corralón de la calle Ayacucho 2167, que es donde actualmente se erige el club.

Con un espacio físico mayor, incorporaron bochas, gimnasia acrobática, hockey sobre patines y patín artístico. Sin embargo, la estructura y las dimensiones del corralón no acompañaron de manera favorable la construcción de un predio de fútbol y fue entonces que la comisión directiva a cargo decidió reemplazarlo por el básquet.

Sucesivos cambios y el gimnasio “Alfredo Morosano”
El 6 de septiembre de 1979 se realizó la recordada “Cena del techo parabólico”, donde el objetivo principal fue reunir los fondos para hacer el cerramiento superior del gimnasio. Algunos dirigentes del club cuentan hoy melancólicos y orgullosos, que se recaudó más dinero del esperado, razón por la cual en 1985, terminaron por completo el gimnasio que lleva por nombre Alfredo Morosano.
Consecuentes, tenaces, abrazados por el negro y blanco de su escudo, un nuevo cambio de rumbo obligó a la dirigencia de turno a tirar abajo la cancha de bochas en 1981, para dar lugar a la construcción del natatorio. Aquel hecho, incrustado en el tiempo y escrito en la historia, hizo que muchos de los apasionados por las bochas abandonen el club. Una actividad que generó grandes campeones argentinos bochófilos durante la década del 60.

“Una verdad sucesiva que se descubre a medida que se avanza, un magnífico dolor”, como escribió Martín Descalzo en su libro “Razones para la alegría”. Como un proyecto exquisito donde la pasión, el deporte, la amistad y la consecuencia se conjugan, los socios fundadores y directivos de Temperley enfrentaron diversos contratiempos que los obligaron a tomar drásticas decisiones. Al igual que un padre proyecta el futuro de sus hijos y la inclemencia del destino coacciona para cambiarlo. De este modo, lo que se pensó en un comienzo como un club de fútbol, es hoy un importante club de básquet de la ciudad y semillero de grandes estrellas nacionales. Mario Bernardini (65), jugador de la selección de Santa fe y de Argentina y su hijo Ariel, quien también jugó en la selección local, provincial, nacional y fue campeón con Boca Junior y Peñarol de Mar del Plata en la Liga Nacional. Hoy se encuentra en la lista de los máximos goleadores de la historia de los torneos más importantes del país. Y aunque una grave lesión lo marginó de las canchas por un tiempo, hace unos años regresó para quedarse en Rosario y jugar en la liga local. Hoy Bernardini dirige las inferiores de Temperley. Un entrenador de lujo que conjuga la pasión, el profesionalismo y la humildad. Ciertamente es un lujo que “el Negro” tiene.

Con sabor a barrio. El sentimiento sano y profundo de un grupo de chicos en las primeras décadas del siglo pasado, creó un espacio de recreación deportiva y social que hoy, 80 años después, alberga y contiene a numerosos niños y adolescentes.
Sin lugar a dudas, el negro y blanco de aquella hoja de periódico que envolvió los pies de Alfredo Morosano una tarde de 1927, marcaron con fuego y pasión la historia del Club Atlético Temperley.

domingo, 11 de abril de 2010

"El Gringo" Forlín

Este reconocimiento lo debía y le di muchas vueltas en el "bobo", tiempo sobre todo, para que cuando saliera exprese lo que verdaderamente siento.
No me fue fácil y lo que digo va saliendo en crudo porque tiene mucho de afecto, de cercanía familiar, de años hermosos y circunstancias especiales que nos marcaron sin ninguna duda.


Gabriel es un basquetbolista que ya está dando sus últimos saltos en el parqué, como me dijo hace unos días. El tiempo ha transcurrido aunque no se le note en su físico de dos metros con que todavía se hace sentir bajo los tableros en su puesto de pivot, aguantando a los "roperos" de su talla. Un día, hace unos cuantos años, escuché en uno de los clubes de mi ciudad que estaban armando un equipo para intentar escalar en las batallas liguistas. Sin ser parte me acerqué al técnico que estaba a cargo y a vuelo de pájaro dije: "tengo un sobrino alto que juega en Reconquista". Esta es una ciudad del norte santafecino de mi Argentina. La respuesta fue instantánea para que lo llamara a probarse. A los dos días apareció Gabriel con su padre que es camionero y aprovechando un viaje lo acercó a Esperanza. Hacía calor y el "Gringo" había llegado con lo puesto, pantaloncitos deportivos, musculosa y tal vez zapatillas para la prueba, pero el clima sufrió un cambio inesperado y hubo que conseguirle ropa adecuada para la baja temperatura. El DT "Fito" Massi, grandote como Gabriel, le facilitó las prendas, porque debió quedarse unos días en que ya le confirmaron sería parte del equipo. Desde entonces no ha parado de jugar y ha pasado por infinidad de clubes de todas las categorías dando lo que sabe hacer, entregarse entero por la camiseta que calza. Esta fotografía lo muestra en toda su hombría, largando su emoción en un triunfo reciente donde su equipo clasificó a cuartos de final para dirimir por un ascenso a la categoría siguiente, la "B" del tercer escalón Nacional. Hace poco tiempo me dijo que ya le pesa su vida de transhumante con la mochila al hombro, lejos de su casa, de su mujer y su pequeño Genaro. Pero agregó que también le cuesta pensar que ya no habrá más vestuarios, ni entrenamientos, ni previas y esos partidos a todo coraje donde parece dejarse la vida. Lo recuerdo niño y tenerlo en brazos allá en Las Toscas, cerca del Chaco, en lo del abuelo Ricardo Forlín. Cuando fue un poco mayor y en otras vacaciones en la tierra de la caña de azúcar, improvisamos un aro que colgamos en la rama baja de un árbol y jugamos con una pelota cualquiera. Ese mismo árbol ha crecido tanto que aquella rama es inalcansable y mi sobrino aún mantiene su vigencia para seguir viviendo del básquet y han pasado casi veinte años. Anteriormente había probado como arquero en un club de fútbol siendo compañero de Gabriel Batistuta, por si alguien conoce al gran goleador que en su inicio un "sabio" dirigente despreció porque era gordito. Es válido este redondeo ya que así sucedió, y llegue este abrazo al gladiador que no se rinde, el Gabriel Forlín que será recordado por su honradez personal y deportiva más allá de sus logros. Como siempre digo y que además es la razón de este sitio; ser una estrella rutilante o ganar campeonatos no es el valor primordial de una trayectoria, sino haber ofrecido hasta la última gota de sudor sin mezquinar sacrificio, para que al final de un ciclo que un día llegará, te miren de frente y digan, "viejo, sos un flor de tipo". (José López)

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